Son sólo ondas.
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Ondas que atraviezan 3.500 kilómetros aproximadamente.
El estrecho de Magallanes inclusive.
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Malas ondas.
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Las noticias que lleva el teléfono luego rebotan.
Nuevamente atravezando el Estrecho.
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Malas ondas.
Lágrimas y abrazos.
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En Ushuaia deshiela y hay estrellas.
Es probable que mañana vuelva a escarchar.
O caiga un poco más de nieve, tal vez.
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En Capital hace frío y las frazadas de lana ya hicieron su aparición.
Es probable que mañana tenga que prender la calefacción.
Alguna que otra tormenta, tal vez.
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En un pequeño pueblo del centro del país su cuerpo va perdiendo la tibiesa.
No hubo abrazo de despedida, ni besos.
Sólo lágrimas lejanas.
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Los aviones hacen viajes eternos.
Los colectivos de larga distancia y hasta los taxis, también.
Las horas no pasan, el tilo se acaba.
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La almohada espera fría.
La calle también.
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De este lado del Estrecho salgo a caminar.
Hace algo de frío, pero duele la humedad.
La cara hinchada, las lágrimas descosiendo.
El corazón a mil por horas y un collage de recuerdos.
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Mañana es otro día.
Otro día atado a éste día que parece no terminar.
Que no quiere terminar.
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A estas horas, Mario debe estar en algún rincón del universo abrazado a Quica.
Después de tantos años de pensarla y extrañarla, esta noche volverán a dormir juntos.
Pero antes, se van a sentar en la cocina [como en los viejos tiempos], a reirse y hablar sin parar.
Como lo hicieron durante más de cinco décadas.
Compañeros de vida. Protagonistas de un amor eterno.
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Esta noche mi egoísmo llora.
Esta noche, ellos se van a dormir tarde.
Esta noche, hace un año, le di el último beso, el último abrazo. Y la última mirada.