¿Cuánto tiempo hace que no existís?, me pregunto. ¿Cuánto tiempo hace que no sentís ese movimiento involuntario en tus pies?.
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No te hablo de caminar la mitad de la ciudad en un día; te hablo del mate, del café, la plaza, los rulos llenos de pasto y las migas de galletita encima de la pollera. De eso hablo, ¿entendés?. De las tardes enteras que pasamos rostizándonos a la sombra, de tu risa, de mis locas ideas, de una flor en el pelo, del ventilador amenazando con cortarnos las piernas.
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¿Cuántas veces pensaste en encontrarla detrás de esa puerta?, me pregunto. ¿Cuántos sueños de algodón malgastaste?
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Y no quiero que venga a tu cabeza el recuerdo de esa tarde que esperaste. Y esperaste. Y ella nunca llegó. Quiero que recuerdes las estrellas abrazándote, la música gris, los cuentos de Cortázar, la siesta de sol y piernas descruzadas.
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¿Cuándo fue la última vez que escuchaste esa canción y no lloraste?, me pregunto. ¿Cuándo fue la última vez que te perdiste el final de una película, por hablar con ella?
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Espero que a esta altura no hayas perdido el recuerdo. Espero. Porque si Narcizo estaba tan consumido en su propia personalidad, que se ahogó en su propio llanto; vos podés secarte en tu egoísmo.
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A las seis de la mañana nace un nuevo sol. Una nueva oportunidad de sonreír al resignar. Una nueva oportunidad de guardar imágenes de oro en tu retina. Una nueva oportunidad de descolgar el teléfono. Una nueva oportunidad para empezar a leer de nuevo ese libro que tiraste abajo de la cama. Una nueva oportunidad de disfrutar el gesto, lo simple. Sin darle más oportunidad a lo complejo, de la preocupación exagerada.
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Liberate, ¡vamos!... rodá por el pasto cuesta abajo sin preocuparte por las arrugas en tu ropa. Apagá el aparato y descolgá el frío que tenés sobre los hombros. Mojate los pies en el río. No te peines. No te pintes. No te vistas.
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Fijate lo fácil que es.
La gente llora y se abriga. Y el cielo todavía no se cayó.













