Las princesas desaparecieron y se ahogaron en lo más profundo de la noche. Sus velos de colores destiñeron sueños y marchitaron todas sus sonrisas.
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Las princesas se perdieron y fueron exiliadas de cada libro, de cada historia, y de cada realidad. Sus largos cabellos se enredaron con las ramas de los árboles más tristes del bosque.
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Las princesas dejaron los brillos, las coronas y se despojaron de todo tesoro. Sus joyas fueron el pasaporte a una vida con menos lujos y más miel.
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Las princesas caminaron descalzas y sus tobillos se ensancharon. Ahora caminarán firmes y no temerán pisar una flor a su paso.
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Las princesas se bañaron en el lago regalándole su aroma real. Ahora sólo el olfato de un alma detallista podría reconocer la esencia de la dama.
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Las princesas olvidaron los banquetes reales y quemaron sus fotografías. Todos sus recuerdos se perdieron aceleradamente en el camino entre el pasado próximo, y el presente.
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Las princesas ajaron su suave piel para no ser reconocidas. Aunque tersas, a la vista ya no eran tan sensibles. Es importante saber mirar.
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Las princesas gritaron buscando ser escuchadas, y olvidaron el eco de las montañas. Sus cantos se volvieron menos afinados, pero no por ello menos dulces.
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Las princesas guardan ese nosequé, que hace que cualquier buen caballero, pueda distinguirlas entre la multitud.
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Caballeros: cautela, hay que ser sigilosos y sobre todo, muy delicados. Hay muchas princesas deambulando en la ciudad.